La causa de la riqueza de las naciones (I)

Cuando el escocés Adam Smith publicó en 1776 su célebre “Ensayo sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones” puso, sin lugar a dudas, una de las piedras angulares del pensamiento económico actual, al defender (siguiendo una argumentación filosófica muy de la época) que la generación de riqueza (crecimiento) era fruto del trabajo especializado, y que la máxima eficacia en la gestión de recursos escasos (Economía) se conseguía a partir del comercio internacional libre, favoreciendo la movilidad internacional de factores productivos y estimulando la productividad interna en aras de una mayor competitividad.

Estos planteamientos, que hoy se consideran prácticamente evidentes, fueron rompedores en aquella época. La idea económica de moda era el mercantilismo proteccionista, sustentado en políticas fuertemente arancelarias y la búsqueda de una balanza comercial positiva apalancada en la construcción de imperios coloniales.

En este contexto, la importancia de la aportación contracorriente de Adam Smith alcanza su auténtica dimensión, acrecentada por dos detalles más: en 1776 se proclamaba la Declaración de Independencia (redactada por Thomas Jefferson) de las Trece Colonias en Norteamérica (con lo que éso supuso para la economía británica) y el propio escocés era Director de la Aduana de Edimburgo!.

Un par de siglos después, Michael Porter, una de las eminencias del pensamiento estratégico de la segunda mitad del siglo XX, introdujo el Modelo de Diamante para explicar la Ventaja Competitiva de las Naciones. En resumen, la construcción de ventajas competitivas sectoriales para economías nacionales (o regionales, se trata de un concepto geográfico bajo el mismo marco regulatorio) se cimenta en la combinación de cuatro factores (“caras” del diamante) que estimulan la competitividad y la productividad de las empresas:  

  • La estrategia, la estructura y la rivalidad  (competencia) entre las firmas, en un ambiente dinámico.
  • Condiciones de la demanda: cuando más exigentes sean los clientes, más competitivas serán las empresas, acuciadas por las expectativas a satisfacer.
  • Industrias de soporte relacionadas: la concentración de empresas vinculadas a un sector (cluster) facilita la transferencia de conocimiento e innovación en áreas de interés común.
  • La condición de los factores: Porter sostiene que los factores productivos dominantes (para él: trabajo especializado, capital e infraestructuras) deben basarse en la atracción y retención del talento y la implantación de las mejores prácticas, por lo que son creados y no heredados, como sostiene la teoría económica tradicional para analizar la ventaja competitiva de una región: tierra, ubicación, recursos naturales, mano de obra y población.

Llegados a este punto, las preguntas que a uno le asaltan son implacables (alguna, incluso, estremecedora): ¿el modelo anterior es aplicable en España?, ¿en qué sectores España puede desarrollar (o ha desarrollado) una ventaja competitiva?, ¿cómo se podrían construir?, ¿qué condiciones se requieren?, ¿se puede hacer rápidamente?, ¿nuestros líderes –no sólo políticos: empresariales, académicos…-, están en la onda?, etc…

Ahora toca pensar: yo lo haré esperando el autobús ahora que no puedo ir en Metro.

PD: Gran partido de la selección. Pero que el fútbol no nos distraiga en exceso: la realidad es tozuda y nuestro día a día (hipoteca, trabajo…) no depende (desgraciadamente) de los goles de Villa.

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4 respuestas a La causa de la riqueza de las naciones (I)

  1. Héctor del Arco dijo:

    Viendo la aplicabilidad de dicho modelo a España, me asaltan dos importantes dudas: primero, ¿dónde encontramos esa demanda exigente? ¿Quién está dispuesto a pagar un poco más por algo mejor aunque no imprescindible? ¿Por qué comprar un bien de producción local y de mayor calidad cuando el “chino” cumple el mismo cometido por menos de la mitad de precio? En el actual clima económico la demanda está más pendiente de ahorrar y no se plantea ninguna exigencia salvo el precio. Eso no es suficiente estímulo para las empresas.
    En segundo lugar y en esa misma dinámica perversa, ¿qué van a innovar las empresas si luego no hay posibilidad de repercutirlo en el precio del producto?

  2. improvablog dijo:

    Si te digo la verdad el modelo de Porter para empresas siempre me ha gustado y lo tengo muy interiorizado, me parece estructurado, equilibrado y exhaustivo, sin embargo el de las naciones, me parece mal estructurado y desequilibrado, forzado en resumidas cuentas. Por ejemplo, el peso que tiene el cuarto factor es brutal, además de ser el solape con los otros enorme.
    El primer factor: la competencia, ya no es un término local, la competitividad local es inseparable de la global aunque tengas una empresita que vende caramelos en Villaburros de abajo, te tocará competir con caramelos chinos. La presión competitiva local no será mucho más significativa o puede ser despreciable frente a la competencia global aplicada localmente.
    El segundo factor:
    Aplican observaciones similares al primero.
    EL tercer factor:
    Ayer hablaba con un vipresidente de una empresa de perfumería. Existe un cluster de mundial de perfumería en Chartres, junto a París. Ellos pertenecen al cluster y obtienen grandes rendimientos de su implicación en el mismo, aunque sus operaciones no están en esa zona. Tus operaciones globales te pueden permitir instalarte en cualquier cluster mundial, por ejemplo, el cluster de grifería de la comarca del Baiz Llobregat acoge un elevado número de fábricas de multinacionales. El conocimiento no tiene fronteras y lo que hay que hacer es que fluya.
    El cuarto factor, se lleva todo el peso para mi, por eso hablo de desequilibrio del modelo. La competitividad, en un reduccionismo extremo, depende de las personas, de nuestra formación(lo que queremos ser) y de nuestra historia(lo que fuimos), historia que queda reflejada en nuestra confianza para tirar adelante, para creeernos que podemos hacerlo “yes we can”. Me centrare en la historia frente a la formación, de la que es muy fácil hablar y todo el mundo habla. La internacionalización depende de que los empresarios crean que tienen algo que ofrecer, que confén en ello, la innovación, lo mismos, que el pequeño empresario encuentre un marco legal local (que no aparece en el modelo) que favorezca al emprendedor, … Nuestros comportamientos colectivos denotan una total falta de autoestima país, que nos frena. Es el mismo frenazo que tuvo la selección española en a primera parte de su partido con Portugal, cuando de repente perdieron la confianza de que podrían perforar la portería Portuguesa. La historia tiene demasiado peso y la reciente historia de España, que dos generaciones atras nos masacrábamos entre amigos, vecinos y familiares, todavía pesa mucho. Y nosotros con la dichosa ley de la memoria histórica, cuando lo que deberíamos hacer es olvidar.

  3. Oscar Aragón dijo:

    Pienso que tenemos segmentos en los que los clientes si que están dispuestos, y mucho, a pagar más por un producto o servicio de calidad. Me refiero a todo lo relacionado con los productos gourmet y restauración de “alto nivel”.

    Aunque las empresas de ese sector no lo dicen o hablan con la boca pequeña, en España muchas pymes y no tan pymes siguen desarrollando, produciendo y vendiendo productos gastronómicos de mucha calidad (y buenos márgenes!)… Trufas, pimientos del piquillo, atún rojo, angulas, guisantes de lágrima, espárragos, percebes, jamón patanegra. etc.

    Es sólo u ejemplo para seguir creyendo…

  4. Pingback: La rentabilidad del síndrome de Stendhal | elnietodenicomaco

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