Sobre valores (y mentiras) corporativos

Hay que reconocer que en torno al management existe una tribu (bastante numerosa) de vendedores de humo que, envueltos en un discurso de grandilocuencia y reinventando la rueda de forma permanente, tratan de vender soluciones milagrosas alrededor de mitos “anglo-esotéricos” que resuelven todos los problemas, a base de conseguir que ciertos conceptos básicos pierdan su sentido tras “torturarlos” convenientemente. Por eso, a la hora de asesorarse en estas cuestiones hay que ser capaz de distinguir los profesionales (que los hay y muy buenos) de los “expertos” insustanciales.

No hay más panacea que trabajar bien. Y trabajar bien implica hacerlo de forma organizada, eficaz y eficiente. Mi mejor solución organizativa no coincidirá con la tuya porque mi organización es diferente, siempre es diferente, a la tuya. Las herramientas de gestión y análisis son un medio esencial, necesario e importante que permiten estudiar, optimizar y facilitar la toma de decisiones, pero no son un fin en sí mismo, y se deben regir por el sentido común  al que nunca podrán suplir.   

 Las tiras cómicas de Dilbert (desarrolladas por Scott Adams desde 1996), reflejan las paradojas del mundo empresarial, lo absurdo de muchos tópicos y modas alentadas por el charlatán de turno, y el surrealismo de las escenas cotidianas que surgen al tratar de llevar a la práctica teorías descabelladas, tan perfectas como alejadas de la realidad. De hecho, la crítica mordaz y acertada de muchos de sus temas ha desembocado en el Principio de Dilbert:  las compañías tienden a ascender sistemáticamente a sus empleados menos competentes a cargos directivos para limitar así la cantidad de daño que son capaces de provocar”, mucho más universal de lo deseable.

¿Se puede hablar de valores en una empresa? En mi opinión, sí. Es más, a nivel directivo se debería tener presente que la toma de decisiones que orienta la actividad de una empresa (como cualquier grupo humano) pone de manifiesto los auténticos valores de la compañía, no los recogidos en la declaración corporativa que se cuelga en la web o se incluye en el sistema de calidad. De hecho, muchas compañías con el fin de institucionalizar o formalizar su vocación de cómo hacer las cosas, o construir su imagen o posicionamiento, buscan en los clásicos la inspiración que les permita orientar sus pasos.   

Las fuentes clásicas (y no tan clásicas) son prácticamente inagotables a la hora de tocar estos temas: todo está inventado. Además, en un plano conceptual, es posible extrapolar máximas ejemplarizantes de cualquier actividad al mundo empresarial. Por ejemplo, en su Tratado de la Pintura, el genio renacentista Leonardo da Vinci, enumeraba el conjunto de principios que, en su opinión, debían guiar la vida del artista para que alcanzar plenitud personal y artística (más de una empresa y más de dos los reconoce como sus valores corporativos):  

  • CURIOSITÀ: Búsqueda del aprendizaje continuo.
  • DIMOSTRAZIONE: Comprobar el conocimiento por medio de la experiencia
  • SENSAZIONE: Refinamiento continuo de los sentidos como medio para avivar la experiencia.
  • SFUMATO: Aceptar la ambigüedad, la paradoja, la incertidumbre.
  • ARTE/SCIENZA: Equilibrio entra la lógica del sentido común y la imaginación de nuestras emociones.
  • CORPORALITÀ: Equilibrio entre la vida personal y la vida pública.
  • CONNESSIONE: Reconocer que todas las cosas y fenómenos están interconectados. Aceptar la diversidad de las personas como fuente ilimitada de aprendizaje y creatividad.

En cualquier caso, resulta relativamente fácil elaborar una lista de “valores” inspiradores o que transmitan cierta imagen (confianza, dinamismo, experiencia…), el reto  radica en mantenerse fiel y coherente a una lista tan exigente de propósitos. Como le gusta decir a mi amigo Gabriel Ginebra, para saber cómo funciona una empresa no (solo) debes leer el manual de procedimiento, sino que tienes que tomar cafés de máquina con los cuadros intermedios para que te cuenten la realidad de las cosas. 

En definitiva, el papel, en este caso la declaración de misión, visión y valores de una compañía, lo soporta todo.  Lo difícil es construir y desarrollar coherentemente esa cultura en una organización. En una empresa siempre habrá valores que rijan la toma de decisión, la cuestión es que en ocasiones se prefiere no reconocer cuáles son los reales y se comunican una realidad ficticia e ideal para la decepción, primero, y la frustración o el deleite (según el caso), después, de los trabajadores.

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